Cada vez que se acercan las elecciones, Colombia parece entrar en estado de guerra. Pero no una de ideas, sino una de identidades.
Basta abrir cualquier publicación sobre política en redes sociales para encontrar el mismo libreto: "fachos de mierda", "mamertos resentidos", "uribestias", "petristas brutos", "paracos", "guerrilleros". Cambian los protagonistas, pero el mecanismo es el mismo: reducir a una persona completa a una etiqueta despectiva.
Y entonces me surge una pregunta genuina: ¿qué esperamos exactamente de una democracia? ¿Que los 53,9 millones de colombianos votemos por el mismo candidato? Porque si todos pensáramos igual, sintiéramos igual y llegáramos a las mismas conclusiones políticas, no necesitaríamos elecciones. Bastaría una única opción.
La existencia de diferencias ideológicas no es un defecto del sistema democrático. Es precisamente una de sus características más valiosas.
En Elogio a la dificultad, el filósofo colombiano Estanislao Zuleta habla sobre la obsesión humana por buscar un mundo sin contradicciones, sin conflictos y sin incertidumbre. Soñamos con relaciones donde todos estén de acuerdo con nosotros, con sociedades donde nuestras ideas prevalezcan sin resistencia y con soluciones simples para problemas complejos.
Pero Zuleta insistía en que precisamente aquello que nos exige esfuerzo es lo que nos permite crecer. Escuchar una opinión contraria puede resultar frustrante. Descubrir que alguien inteligente, informado y bien intencionado piensa distinto a nosotros puede desafiar nuestras certezas.
Sin embargo, es en esa incomodidad donde aparece el aprendizaje. Una democracia madura no elimina esas diferencias. Aprende a convivir con ellas.
Pero cada cuatro años actuamos como si la diversidad de opiniones fuera una amenaza y no una riqueza. Quizá porque seguimos creyendo que quien piensa diferente a nosotros necesariamente está equivocado. O peor aún: que es una mala persona.
La psicología lleva décadas mostrando que la realidad es mucho más compleja. El psicólogo social Jonathan Haidt, uno de los investigadores más influyentes en el estudio de la moral y la política, sostiene que los seres humanos no llegamos a nuestras posiciones políticas principalmente a través de razonamientos fríos y objetivos.
Primero sentimos; después justificamos. Su modelo de la intuición moral plantea que gran parte de nuestros juicios nacen de intuiciones automáticas y emociones previas, mientras que la razón suele llegar después para construir argumentos que respalden aquello que ya sentimos como correcto.
Haidt también desarrolló la Teoría de los Fundamentos Morales, según la cual las personas organizan sus decisiones políticas alrededor de distintos valores morales. Algunos priorizan el cuidado y la protección de los más vulnerables. Otros valoran especialmente la libertad individual, la responsabilidad, la autoridad, la lealtad o la preservación de ciertas tradiciones. No se trata necesariamente de que unos tengan moral y otros no. Se trata de escalas de valores.
Visto desde esa perspectiva, resulta ingenuo esperar que una persona criada en una región golpeada por la violencia vea el país exactamente igual que alguien cuya principal preocupación ha sido la desigualdad económica. Es natural que las experiencias personales moldeen nuestras prioridades políticas.
La historia que vivimos termina influyendo en la historia que queremos para el país. Y ahí aparece otro concepto clave.
Daniel Goleman, autor de la teoría de la inteligencia emocional, ha insistido durante años en que los seres humanos no operamos únicamente desde la razón: "Tenemos dos mentes: una que piensa y otra que siente", escribió.
Nuestra capacidad para reconocer, comprender y regular emociones determina en gran medida la calidad de nuestras decisiones y de nuestras relaciones con los demás.
Eso también aplica a la política. Detrás de muchas posiciones políticas no hay simplemente ideologías. Hay historias. Hay emociones. Hay experiencias.
Y entender eso no significa renunciar a los debates. Significa humanizarlos. Porque una cosa es disentir y otra muy distinta es deshumanizar.
Querido lector, con esto no pretendo que le de la razón a la persona que tiene cerca que piensa diferente, con este artículo lo quiero invitar a que disfrute de las preguntas incómodas, a que desafíe las ideas, no desde una batalla moral entre buenos y malos, sino desde el escuchar argumentos. Porque es que cada vez más, pasamos de discutir propuestas a defender tribus. De analizar ideas a proteger identidades.
Y entonces cualquier crítica se interpreta como un ataque personal.
Tal vez por eso el verdadero problema de Colombia no sea la polarización. Después de todo, toda democracia pluralista está compuesta por personas que piensan distinto.
El verdadero problema es nuestra incapacidad para aplicar inteligencia emocional a esas diferencias.
No sabemos gestionar la rabia. No sabemos tramitar la frustración. No sabemos sostener conversaciones difíciles sin convertirlas en agresiones.
Nos cuesta reconocer que detrás de un voto diferente puede existir una preocupación legítima, incluso cuando no compartimos la solución propuesta.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos antes de llegar a las urnas no es solamente por quién vamos a votar.
Quizá deberíamos preguntarnos desde dónde estamos votando.
¿Desde la esperanza o desde el miedo?
¿Desde la reflexión o desde la venganza?
¿Desde la convicción o desde el resentimiento?
Porque una ciudadanía emocionalmente secuestrada por la rabia difícilmente podrá construir un país emocionalmente estable.
Y eso no depende del candidato que gane. Depende de nosotros.
Fuentes:
● Jonathan Haidt , The Righteous Mind (2012): desarrolla la idea de que las intuiciones morales preceden al razonamiento y explica cómo distintos grupos políticos priorizan diferentes fundamentos morales.
● Teoría de los Fundamentos Morales
● Daniel Goleman, Inteligencia emocional (1995): autoconciencia, autorregulación, empatía y habilidades sociales como competencias para gestionar emociones y relaciones.
● Concepto de "secuestro de la amígdala" (amygdala hijack), desarrollado por Goleman para explicar cómo emociones intensas pueden desplazar el razonamiento.